"Les voy a pedir que hagamos telenovelas socialistas, distintas a las capitalistas", dijo ayer Hugo Chávez, dirigiéndose a un director de cine y un guionista invitados a su programa de radio y televisión dominical, Aló Presidente. Chávez admitió también ayer que es adicto a los culebrones desde que estuvo preso por su intentona golpista de 1992. En la cárcel "no me perdía una telenovela", dijo.
No nos engañemos: estas telenovelas socialistas no tendrán el mismo “glamour” de los culebrones que nos mandaban antes. No habrá suntuosas mansiones rodeadas, en vistas aéreas, por lujuriosos parques, con piscinas que permanecen iluminadas toda la noche. No se verán impecables autos de marcas alemanas estacionados en las entradas embajadoras ni artísticas fuentes dilapidando el agua permanentemente. Los protagonistas no serán poderosos y apuestos empresarios, cuyas sienes comienzan a blanquear. Ni elegantes señoras y señoritas recién salidas del salón de belleza, que lucen modelos de famosos modistos. Seguramente estarán ausentes los temas que cimentaron el éxito de aquellos “soap operas”: el marido que engaña con su secretaria, el “affaire” de la señora con el jardinero, las ansias desmedidas de dinero y poder, las traiciones solapadas, la relación de la hija drogadicta con su novia, etc., todos argumentos decadentemente capitalistas.
Imaginemos el comienzo del primer capítulo de una telenovela de “contenido social”, como pretende Chávez:
La escena inicial es una toma en primer plano de un cuadro con el rostro del Comandante. En el ángulo inferior derecho se lee la dedicatoria, “Para mis amigos, Juan y Amalia, auténticos forjadores del futuro de nuestra nación”. A medida que el zoom desacelera, la imagen se completa con la cabecera de la cama debajo del cuadro, y dos mesas de luz desiguales, una a cada lado. Sobre una de estas, el crucifijo, esperando volver a ocupar algún día el lugar del que fuera desalojado. La cámara hace luego un paneo de la habitación, humilde pero limpia, que se completa con una mesa rectangular sobre la que se apoya un televisor con comandos giratorios y pantalla de CRT de 20 pulgadas de ángulos redondeados, del que sale un cable que lo conecta a la antena portátil hecha con dos agujas de tejer. Sobre la cama, una mujer recostada, mirando hacia el televisor, que en ese momento transmite el último discurso.
Se abre la puerta y entra Juan.
-Amalia, aquí traigo el subsidio patriótico de esta semana. Cobré un poco menos, porque el jefe tuvo que aumentar la comisión para cubrir sus gastos. Pero me dijo que el mes que viene, como es Diciembre, va a haber un pan dulce y una sidra de regalo.
-Qué bueno, Juan!. Ahora déjame escuchar, que ya hubo otro corte de luz y me perdí más de dos horas del discurso. Estos cerdos capitalistas estarán haciendo sabotaje!
-Bueno, luego me cuentas. Voy a ver si hay agua y me doy un baño.
-No más de tres minutos, eh?! Mira que todos tenemos que ahorrar, así nuestros hijos podrán vivir en el país que soñamos.
-No te preocupes. La última vez que hubo, la semana pasada, apenas alcanzó para una ducha de minuto y medio...
(Corte comercial para difundir las ventajas de caminar en lugar de tomar el bus para ir al trabajo: cada parada y arranque para ascender pasajeros implica un dos por ciento de aumento de consumo de combustible y, consecuentemente, mayor polución. “Racionalizar el consumo es la base de nuestra futura grandeza”, anuncia el locutor.)
Personalmente, no le auguro mucho éxito a estos nuevos culebrones. Son temas muy trillados y cada vez menos creíbles por los ciudadanos de la mayoría de los países emergentes que podrían importarlos.

